Sáb. Jul 11th, 2020

Por: Renzo Cantor Rocha

Ciro Guerra: el cine como espejo que refleja múltiples rostro
Esta semana se estrenó la cuarta película del director colombiano Ciro Guerra. Aprovechamos la oportunidad para hacer un pequeño recuento de su obra, los temas que suscitaron que la academia de cine más importante del mundo lo nominara por su película “El abrazo de la serpiente”. Ahora con “pájaros de verano”; el director bogotano reivindica el deseo de hacer una retrospectiva a temas de la historia de nuestro país, con un tratamiento reflexivo y, por qué no, entretenido.
La primera película de Ciro Guerra, “la sombra del caminante” (2004), es una mirada al conflicto armado en Colombia y cómo sus victimas intentan huir de este a las grandes ciudades e inevitablemente confronta a victimas y agresores. En su segunda película “los viajes del viento” (2009), podríamos afirmar que hay un deseo por plasmar el mundo macondiano: el juglar, el Vallenato, la parranda, el diablo, los gallos de pelea, entre muchos otros; una fotografía que armoniza la trama y nos invita a deleitarnos con paisajes únicos de la geografía nacional.
Luego vino “El abrazo de la serpiente” (2015); sorprendió al mundo entero, una cinta filmada a lo Herzog, en el interior de la selva amazónica; le mereció la primera nominación al Óscar a un director colombiano. La historia, ambientada en principios del siglo XX, nos muestra las expediciones de un científico alemán en territorio colombiano en búsqueda de una ancestral planta sagrada. La fotografía, el blanco y negro de las imágenes, actores naturales magníficos; una apuesta por desentrañar los misterios de los indígenas amazónicos.
Ya en este 2017, Ciro Guerra nos sorprende con la película “pájaros de verano”, ambientada en la Guajira de los años sesenta y setenta. Una familia wuayúu que se involucra en el negocio de la marihuana, con toda la coyuntura del hipismo en Estados Unidos y la demanda de la hierba en territorio norteamericano;  se ve sometida a los entramados que se establecen cuando los negocios ilícitos y el honor convergen para dar vida y forma a una historia que devela una puesta por las historias de las culturas colombianas. Actuaciones sin precedentes en el universo de Guerra; la lengua wuayúu irrumpe con fuerza en la trama de la historia. Los antecedentes de la guerra y el narcotráfico que dieron origen a los diferentes carteles en los años ochenta en el territorio nacional.
Si bien, nuestra sociedad colombiana no está habituada al tipo de cine que propone Ciro, es importante destacar que a diferencia de “El abrazo de la serpiente” que es una película más contemplativa, exalta la imagen y la da una prioridad importante a los tiempos y a la reflexión; con “pájaros de verano”, hay un deseo por “entretener” y entretejer una historia llena de suspenso, honor, envidias, dinero, opulencia, cultura ancestral y muerte.
Esta vez, la receta del director nominado al Óscar, es un poco más digerible para el público (como yo) que disfruta con una historia entretenida y demanda un tratamiento cuidadoso de la imagen y los personajes. Ciro le da gusto a todos: a los que creen en el cine como entretenimiento y a aquellos que ven en la gran pantalla una forma artística a lo Bergman o Truffaut.
Vale la pena acercarse a este largometraje, ir en familia, dejarse llevar por la experiencia audiovisual de los ritos de las comunidades indígenas de la Guajira, disfrutar con el amor y la búsqueda de la realización familiar; y entretenerse con una historia que nos muestra una vez más que el cine colombiano se sigue construyendo, que hay un deseo por contar historias que nos convocan como pueblo y nos permiten acercarnos a nuestro pasado. La obra de Ciro Guerra se nos presenta como un espejo que nos permite ver quiénes somos, de dónde venimos y qué queremos construir cómo nación. Quizás no sea la intensión de Ciro, pero sus pasos se encaminan a entender el cine como una manera de reconciliarnos con nosotros mismos.

Renzo Cantor Rocha

 

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