23 octubre, 2020

Por: César Rodríguez

La sensación del viento en el rostro, es lo primero que se me viene a la mente. Quién de pequeño no montó en bicicleta y experimentó ese momento de libertad al lograr mantener el equilibrio. Pues ese mismo equilibrio es el que necesitamos en las ciudades para resolver el atasco de la movilidad.
Ciento setenta y nueve años han pasado, desde que al escocés Kirkpatrick Macmillan se le ocurriera colocarle pedales a la máquina, que hasta ese momento se propulsaba como si fuera uno de los vehículos de los Picapiedra, con los pies en el piso. A partir de ese momento, la bicicleta sería objeto de una serie de modificaciones, hasta que en 1885 apareció el modelo del británico John Kemp Starley, muy similar a las bicicletas que utilizamos actualmente y que ha permanecido como uno de los paradigmas del diseño.
Piernas de acero que trepan lomas, cargando con el mercado en la parrilla y la familia en la barra; el vehículo que tradicionalmente ha sido usado por su versatilidad en las zonas rurales, ha visto incrementado su uso en las ciudades y en los últimos seis años, ha aumentado en un mil por ciento las ventas en nuestro país. A nivel mundial, son utilizadas la bobadita de 800 millones de bicicletas a diario.
No todos podremos ser como Nairo y recorrer cientos de kilómetros en un día o como Mariana y dar saltos de casi siete metros, pero cada vez somos más los colombianos que intentamos desplazarnos a nuestras actividades diarias en bicicleta o como dice Jorge Velosa en la canción caballito de acero, “pedalazo pedalazo, de mi trabajo a la casa y de mi casa al trabajo”.
La movilidad en las ciudades (o tal vez sea más adecuado hablar de inmovilidad) es uno de los aspectos que disminuye la calidad de vida. Según Darío Hidalgo, Director de Transporte del Instituto de Recursos Mundiales (WRI), no se debería invertir más de media hora en los desplazamientos que hacemos en las grandes ciudades. Por el contrario, en nuestro país el tiempo promedio por recorrido sobrepasa la hora. Dice Hidalgo, que el vehículo del futuro está hace tiempos con nosotros y es ‘la bici’. A pesar de ello, a las estrechas calles de las ciudades siguen llegando vehículos nuevos cada día; 238.000 durante el 2017, sin que los viejos que derraman aceite y despiden nubes de humo negro salgan de circulación.
En un famoso comparativo realizado por The Cycling Promotion Fund (CPF) se muestra cómo, mientras 48 personas en automóviles ocupan una calle de 100 metros y 4 carriles (4 carriles en una calle, no en una avenida o autopista, pues el comparativo se realizó en Australia), el mismo número de personas en bicicleta ocupa apenas medio carril, es decir, la octava parte del espacio. Como este existen muchos comparativos realizados en diferentes ciudades del mundo, que muestran al automóvil como el peor medio de transporte en términos de movilidad. Sin embargo, las excusas aparecen al momento de desplazarse para seguir utilizándolo y permanecer en esa guerra diaria, en la que el estrés y la contaminación parecen ganar la partida.
A la difícil condición de movilidad (cada vez mayor), se suman contribuciones que hacemos de forma irracional por vivir en el afán; los peatones culpan a los ciclistas por subirse a los andenes, los ciclistas a los de los carros por no respetar la vía, estos a los de las motos por zigzaguear, y aquellos a los conductores de transporte público que se detienen en la mitad de la calle, pero para estos el problema son los taxistas por ser tan imprudentes y estos últimos le “echan” el taxi a los peatones por no subirse al andén. Afortunadamente, a pesar del aumento de vehículos de todo tipo en las vías, según datos del Observatorio Nacional de Seguridad Vial (ONSV), la cifra de accidentes de tránsito viene disminuyendo en el país en los últimos años.
Liviana, económica, no paga impuestos, ni peajes, buena para la salud y no necesita combustible (tan solo una buena alimentación). A pesar de eso, el automóvil particular sigue estando en el imaginario de nuestra sociedad como el ideal para el transporte. Por esa razón los más pobres aspiran a comprar uno y los más ricos tienen tantos, que parece que no pudieran vivir sin utilizarlos, incluso para ir a la tienda del barrio a realizar el tradicional ‘mandado’.
Automovildependientes: una realidad para muchos, que ven el automóvil como algo irremplazable. Pero esa realidad no es más que una construcción cultural, pues como bien lo han demostrado países como Holanda o Dinamarca, identificados por The Copenhagenize Index como los mejores a nivel mundial para andar en bicicleta, es posible cambiar de la cultura del automóvil a la cultura de la bicicleta o ‘bicicultura’. En Amsterdam, 800.000 personas se movilizan a diario en bicicleta, lo que corresponde al 63% de su población.
¿Cómo lograr que una sociedad cambie hacia la cultura de la bicicleta? Bueno, esa es una larga historia, que ya ha sido contada por otros, por lo que en lugar de repetirla, comparto el siguiente enlace donde se encuentra explicada en detalle: El paraíso de los ciclistas se llama Holanda. Así lo han conseguido. Solo voy a resaltar que ese cambio está basado en una frase, “adoptar un nuevo estilo de vida y no derrochar energía”, y que todo comenzó con iniciativas ciudadanas independientes, que luego fueron apoyadas por políticos y finalmente por la sociedad en general, que reconoció las ventajas de este medio de transporte por sobre todos los demás y modificó el modelo de movilidad e infraestructura en las ciudades, para crear carriles exclusivos, amplios y bien señalizados. Lo que permite hoy, a los ciclistas en esos países, circular con seguridad por las calles de sus ciudades.
En el 2015 el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) elaboró una guía para impulsar el uso de la bicicleta en América Latina y el Caribe. En las mediciones que allí aparecen, las ciudades con mayor avance en este tema son: Bogotá, Sao Paulo, Rio de Janeiro, Santiago de Chile, Buenos Aires, Rosario, Cordoba, Mexico D.F. y Lima.
Cada vez es más común ver en las ciclorutas a personas de los más diversos estratos socio-económicos, desde los usuarios habituales, como son los obreros de construcción, hasta ejecutivos de traje y corbata o vestido de sastre; lo cual, hace algunos años era algo impensable en nuestro país. La cultura de la bicicleta toma fuerza cada día en las ciudades, reclamando (de forma desordenada en ocasiones) segmentos de calles, separadores y andenes para trazar ciclorutas; configurando colectivos, caravanas y eventos sociales, que reúnen a los ciudadanos en torno a ese maravilloso artefacto, que cientos de años después de su aparición, continúa motivando a recorrer kilómetro tras kilómetro de carretera, utilizando tan solo la energía de las propias piernas.
 

0 pensamientos sobre “Sin caballos de fuerza, tan solo pedal

  1. Excelente artículo, se puede concluir que nos quieren hacer dependientes del auto y lo que es peor de la gasolina como negocio del petróleo y poner miles de obstáculos para imponer el carro eléctrico.

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