20 octubre, 2020

La nube negra de las caricaturas es real en las ciudades

Columna de opinión
Por: César Rodríguez
Las emisiones de dióxido de carbono en el aire que respiramos, han aumentado en un 60 por ciento desde que se estableció el Protocolo de Kioto en 1997

Por: César Rodríguez

Una nube negra como la de las caricaturas cubre actualmente las ciudades, pero en lugar de la tristeza o la mala suerte, representa la contaminación. Por lo que, de utilizarla en las caricaturas, esta nube negra debería incluir una calavera con dos tibias cruzadas.
Hoy en día contamos con diversos tipos de energía renovable: la energía solar, eólica, hidroeléctrica, mareomotriz y olamotriz, pero todavía a nivel mundial utilizamos combustibles fósiles como fuente principal de energía, a pesar de que los gases contaminantes que emiten están entre las principales causa del calentamiento global y del aumento de las enfermedades respiratorias y cardiovasculares.
Aunque a nivel mundial existe una gran preocupación por este tema, el cambio masivo a otros tipos de energía no se realiza. Se dice que no es viable en este momento, ya que trae consigo problemas similares de contaminación u otros diferentes que tienen que ver con la producción, almacenamiento y distribución de la energía.
Es difícil creer que se ha desarrollado la tecnología y se tienen los recursos para llevar al hombre a la Luna (desde ese lejano 16 de julio de 1969), ofrecer viajes al espacio como alternativa turística y aterrizar un robot en Marte, pero no para dejar de contaminar este planeta, al que todavía se le puede llamar ‘planeta azul’.
Según Roland Wengenmayr, autor de ‘Energías renovables: Conceptos de energía sostenible para el futuro’, es una cuestión de negocios, ya que la infraestructura que existe a nivel mundial fue desarrollada para el petróleo, lo cual hace que su extracción, distribución, y la producción de combustibles derivados sea más barata, comparada con las demás alternativas energéticas.
Por su parte el economista Mark Skousen plantea que, “lo que mueve a la economía no es tanto el consumidor sino el emprendedor, y los capitalistas que financian a un emprendedor por sobre otros”. En otras palabras, hasta que no sea un negocio rentable, ya sea por costos, tecnología, infraestructura, condiciones climáticas, geográficas, económicas o políticas, los derivados del petróleo continuarán reinando y la nube negra también.
Sin embargo, existen muchos casos en los que cambios en los hábitos de consumo han generado cambios en la oferta por parte de las empresas. En el mundo alimenticio por ejemplo, multinacionales como Coca-Cola se han visto presionadas para realizar un gran número de modificaciones y así adaptarse a un mercado que se ofrece, cada vez más, como saludable (o tal vez sea más adecuado decir, menos perjudicial). Sea esto cierto o solo publicidad, son muchas las empresas que han realizado cambios presionadas por los consumidores de sus productos, para mostrarse como saludables, ambientalmente amigables, protectoras de causas sociales, o como en el caso de los cigarrillos, obligadas a resaltar en los empaques los daños que causan a la salud (en las bebidas azucaradas deberían aparecer fotos de los estragos que causa la diabetes). Entonces, en la medida que más personas utilicen otro tipo de energía, las empresas de los hidrocarburos se verán presionadas a cambiar de negocio y a hacerlo en un lapso de tiempo cada vez más corto. Lo cual nos da una luz verde de optimismo, más si se tienen en cuenta datos como los planteados por Nielsen, en su estudio ‘Nueva era, nuevo consumidor’ del 2013, que muestran que un 71 por ciento de los colombianos ha cambiado su estilo de vida para ahorrar energía y reducir el impacto en el medio ambiente.
En Europa en el año 2015 se implementó el ‘impuesto al sol’, lo cual resulta tan arbitrario como un impuesto que se llame ‘cuatro por mil’. Las razones son similares, cuando empresas del sector privado que afectan fuertemente la economía de un país se derrumban o corren el riesgo de tener grandes pérdidas, como la banca o las electrificadoras, el Gobierno las respalda inventándose algún impuesto.
El impuesto del ‘dos por mil’ planteado en 1998 durante el gobierno de Andrés Pastrana, como un impuesto temporal que duraría un año, veinte años después y luego de tres presidentes que prometieron desmontarlo, no solo continúa existiendo, sino que, como una mala saga, ya va en su versión recargada del ‘cuatro por mil’.
Contrario a lo que sucede en nuestro país, la Unión Europea manifestó este año que se acaba el ‘impuesto al sol’. Medida que restaura en los consumidores la libertad de elegir la energía que consumen, sin tener que pagar el equivalente a una sanción económica por utilizar alternativas como la luz solar.
Pero la nube negra no se rinde con facilidad y planea quedarse por varios años más. Mundialmente se han realizado varios acuerdos, como el Protocolo de Kyoto, cuyos antecedentes nos remontan a 1997, con una segunda versión en el 2013 y el Acuerdo de París del 2016, y aunque se sabe que los combustibles fósiles tienen sus días contados, la transición a energías limpias es un proceso gradual que, según lo proyectado por los países más involucrados, tardará desde varias décadas hasta más de medio siglo.
Según el portal de estadística Statista los países con las mayores emisiones de dióxido de carbono son: China 28,03%, EE.UU 15,9%, India 5,81%, Rusia 4,79%, Japón 3,84%, Alemania 2,23%, Corea 1,78%, Irán 1,63%, Brasil 1,41% e Indonesia 1,32%.
En un informe del 2014, realizado por la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA), en el que participaron la mayoría de los países antes mencionados, se propone una ruta de energías renovables para el 2030. Entre los representantes Latinoamericanos participantes en este informe, no se cuenta con la presencia de Brasil (único presente en el listado anterior), ni de Colombia, pero si con países como Ecuador, México y Uruguay.
La Unión Europea se planteó este año la meta mínima de un 32% de energías renovables para el 2030. Estados Unidos a pesar de que redujo en la última década su porcentaje de emisiones contaminantes, lo que hizo que pasara del primero al segundo lugar como el país con el mayor numero de emisiones, no ha mantenido clara su participación en los acuerdos mundiales, retirándose del Protocolo de Kyoto durante el gobierno de George Bush y del Acuerdo de París en el actual gobierno de Donald Trump. China por su parte, aunque se ubica como el país más contaminante, también es el que lidera en este momento el Acuerdo de París.
Por ahora nuestro país no aparece en estos oscuros listados, pero tampoco es clara la intención de realizar cambios favorables en relación con este tema. En el caso del transporte, por ejemplo, lo que hace algunos años se creía mitigado cuando se reglamentaron “los niveles permisibles de emisión de contaminantes para las fuentes móviles terrestres”, parece haber entrado en los últimos años en el limbo de la corrupción administrativa, ya que, aunque en la teoría, la revisión de gases es obligatoria para todos “los vehículos particulares, de servicio público y motocicletas que transiten por las calles y carreteras colombianas”, basta mirar al cielo o recorrer las calles para percibir el aliento contaminante de los tubos de escape de los vehículos, principalmente de aquellos dedicados al transporte público y de carga que, ya sea por utilizar diésel, no utilizar filtros, estar en mal estado o faltos de mantenimiento, generan, en la práctica, que las ciudades y sus habitantes continuemos cubiertos por esa nociva nube negra.
 

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