25 febrero, 2021

Por: Carlos Portillo

Cuando apresurados queremos escapar y convertirnos en prófugos de este mundo intolerante, osado y hereje; de inmediato parapeteamos pretextos para apaciguar nuestro constipado vivir. Cuando bregamos dejar a un lado la agria realidad que atraviesa en la actualidad nuestro país, rebuscamos en precoces viajes la apatía a la cruel realidad que nos sumerge a diario. Cuando buscamos sitios turísticos que aglutinen la tranquilidad, la conexión con la tierra y la exhibición de majestuosos paisajes, el destino lo creemos distante, lejos de nuestro alcance. Ignorando la extensa diversidad de esta nación, aprecié que este lugar estaba más cerca de lo que creía, ¡Muy cerca!

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Este fin de semana, sentí la necesidad de huir rápidamente de esta agobiante e insolente actualidad. Por ello, visité el departamento de la tierra negra, el departamento donde la ruana no es un abrigo sino un emblema. Sí, ahí estuve dejándome coquetear de sus exóticos paisajes, donde la arepa de maíz rellena de queso y acompañada de chorizo fue un pequeño abrebocas de la muestra de su diversa gastronomía. Sí, estuve ahí, inmenso y apacible como el lago Sochagota. Sí, estuve ahí tan frío y fuerte como el ímpetu que recorre el altavoz de victoria en el Pantano de Vargas. Sí, estuve caliente y enmarañado como las ondas azufradas que brotan las termales de Paipa. Sí, fui testigo del musitar de los rayos del sol al penetrar aquella cordillera cuando decidió descender y dar la bienvenida a la gélida y coqueta noche. Sí, estuve embelesado y pasmado con los colores llamativos que ofrecían las frutas y verduras que exhibía la plaza campesina de Duitama. Sí, estuve en la tierra del sumercé, en la tierra donde Colombia se hizo libre, en el bello y pretencioso valle: Boyacá.

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Al vagabundear y merodear los callejones de este departamento, se siente como la cálida brisa abraza sin cesar nuestro ser dejando una tranquila sensación; se exhala el olor que destila la madre tierra al inundar cada esquina de sus calles, recordando su solemne metamorfosis; se afianza en cada rincón de sus numerosos valles, los ecos de gloria, patria y libertad; se percibe en cada uno de sus habitantes su humildad, nobleza y amor por su región.  Así es Boyacá, un centenar de sensaciones prodigiosas que mesura y moldea el desasosiego de sus visitantes.

Por otro lado, es de rescatar el patriotismo y el sentido de pertenencia que atesora cada boyacense, es admirable y hasta envidiable el modo de proteger su identidad, su cultura y sus arraigadas costumbres que ufanan con tanta pasión, porque si es de contemplar los verdaderos valores de la vida, no es más que darle un vistazo a aquella población que goza cada ritmo compuesto por la guacharaca, la guitarra, el tiple y el requinto. Entonces, ¿Seremos tan flácidos los colombianos al intentar mantener viva nuestra identidad, como lo hacen los boyacenses? ¿Tan ostentosos y apáticos somos los capitalinos que olvidamos nuestras verdaderas raíces? 

Adenda: No soy boyacense. Solo conozco 3 municipios de este espléndido paraíso.

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