A pesar de vivir en la era de la información y que nunca en la historia de la humanidad la sociedad había tenido tanto acceso a una amplia gama de conocimiento, irónicamente estamos en era de la estupidez y la ignorancia, superando incluso algunos de los periodos más oscuros de la humanidad.
Y es que por más globalizados e hiperconectados que estemos, la sociedad cada vez está sumiéndose en una espiral de analfabetismo crítico.
En ese sentido, la política ha jugado un papel fundamental en todo esto puesto que dependiendo del partido, corriente o ideología que tenga cada uno, si se está lo suficientemente fanatizado y adoctrinado la verdad nunca podrá ver la luz.
Por más que se presenten pruebas reales de corrupción, irregularidades técnicas o de administración o sencillamente que el político de su preferencia incurra en alguna práctica inmoral, quienes se encuentran en ese estado de letargo mental no podrán ser capaces nunca de salir a cuestionar a su mandatario o pensar de alguna manera que dicho líder político pueda cometer algún acto antiético.
Es bastante surrealista que la política, al menos en gran parte de países de América Latina, se haya convertido en un movimiento sectario. Quien piensa de determinada manera que se salga de los lineamientos del grupo es considerado un antisocial y debe ser exterminado, de una manera u otra.
El pensamiento crítico se ha perdido con el pasar de las nuevas generaciones quienes ya no gustan de actividades tan básicas para la mente como leer o pensar por sí mismos. En vez de eso prefieren estar todo el tiempo pegados a una pantalla mirando videos de “influencers” quienes les indican cómo deben pensar y a quien deben apoyar, bajo una retórica barata de populismo.
La lupa mediática apuntará a quien le convenga según su ideología política. Es bastante lamentable que ya no existan ideales, o ideas o quienes las defiendan genuinamente, esto se ha convertido ya en una guerra de egos y de querer tener la razón a costa de humillar o denigrar el pensamiento ajeno.
A este paso no estaremos muy lejos de llegar a la famosa distopía de George Orwell, 1984.
