El saliente gobierno de Gustavo Petro como presidente de Colombia dejó más interrogantes que certezas entre la población del país. Por un lado, las crecientes irregularidades durante el proceso de empalme con el nuevo gobierno han hecho que los colombianos se pregunten cuál era el supuesto «gobierno del cambio» si durante este hubo quizás igual o más corrupción que en los gobiernos anteriores.
Y es que el fanatismo político y el sectarismo en torno a los movimientos ideológicos en Colombia no permiten que los partidarios del anterior gobierno hagan el ejercicio pedagógico y de honestidad intelectual que les permitiría ver realmente la verdad sobre sus líderes políticos.
En ese sentido, tanto la izquierda como la derecha pecan de arrogantes y al mismo tiempo de ignorantes. A sus fanáticos políticos se les puede mostrar en la cara pruebas reales y certeras de corrupción e irregularidades con el manejo de los recursos públicos y aun así seguir defendiendo a capa y espada a su líder negando cualquier tipo de vínculo que vaya en contra de la ética o la moral.
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Tanto durante el gobierno de Álvaro Uribe como en del saliente Gustavo Petro se encontraron pruebas firmes de violaciones a los derechos humanos, desfalco de dinero, «mermelada» político, favores antiinstitucionales y demás faltas contra el orden democrático del Estado.
Y es que esto no es otra muestra más de que tanto la izquierda y la derecha terminan siendo exactamente lo mismo, solo que desde los dos extremos opuestos del espectro político.
Como un ejercicio pedagógico e intelectual la ciudadanía tiene la responsabilidad y el deber de cuestionar a sus mandatarios, sin importar si están dentro de su misma línea ideológica. El poner en tela de juicios lo que dice o hace un político es una obligación social y moral, que permite que un Estado/Nación pueda surgir y se pueda desarrollar, brindando a sus ciudadanos calidad de vida y dignidad.
Sin embargo, el cuestionar parcialmente a quienes estén en el poder según el propio sesgo político de quien lo haga no es más que una contradicción contra los valores propios.
Bajo la premisa de «todos son ignorantes menos yo» o «todo el que piense como yo está bien y quienes piensen distinto están mal» dentro de un elevado ego de superioridad moral es que surgen los principales problemas del país: falta de criterio propio y ausencia de pensamiento crítico.
